Yo sólo te quería defender de mi islamofobia

La Corte Europea de Derechos Humanos confirma que la prohibición del uso del Niqab en espacios públicos en Francia -para “liberar” a las mujeres y alcanzar mayor equidad de géneros- no es una violación a derechos humanos universales como la libertad de religión y culto, y/o de expresión. La maravillosa gente de occidente, que en nombre de la libertad, la igualdad y la justicia, luchan contra el opresor Islam, que hace de las mujeres unas pobres víctimas oprimidas, rebajadas y sin opción.

La-misma-historia-de-siempre.

Reconozco que yo, como mujer occidental, criada en una sociedad liberal, atea, donde jamás había visto mujeres musulmanas con velos, ni mucho menos con Niqabs o con Burkas, luché y lucho contra prejuicios hacia el Islam que lamentablemente están muy internalizados. Desde mi perspectiva, desde mis experiencias personales en la vida, desde lo poco que conozco del mundo y de la gran diversidad de las personas que vivimos en él, desde mis valores e ideales, y desde las limitadísimas veces que hablé sobre esto con mujeres y hombres musulmanes, el mensaje del Niqab me parecía ser invisibilizar a las mujeres para que los hombres no se vean tentados de “pecar”. La mujer-objeto-sexual, que con su sola existencia provoca al hombre-animal-sexual, que no puede contenerse.

Ya en Madrid, ver mujeres con velo en espacios públicos comenzó a ser más común. Al mudarme a Berlín y viviendo en Neukölln, barrio con considerable población turca y/o de ascendencia turca, las mujeres musulmanas, con Hiyab o velo, son parte de la sociedad en la que vivo. Dejó de llamarme la atención y empecé a notar que -al menos en apariencia (que es lo único que puedo decir de alguien por simplemente verla en la calle)- estas mujeres son igual de libres, modernas y felices que cualquier otra, sólo que se cubren el pelo y, a veces, parte del cuerpo. Tal vez por elección, como seña de su identidad, por tradición, costumbre o porque así lo dicta la religión… por lo que sea. ¿Quién soy yo para decir algo al respecto? Y mucho menos que menos para decir algo “en su nombre”, en un clásico giro colonialista. Al pasar a formar parte de mi vida cotidiana, comencé también a notar la gran diferencia que existe entre estas mujeres que a veces sólo comparten cubrir sus cabezas con un velo: algunas van vestidas monocromáticamente de negro, marrón o azul oscuro mientras que otras van completamente a la moda, con pañuelos en compossé con el resto de su vestuario. Muchas tienen rostros teatralmente maquillados, miradas profundas con oscuras cejas perfectamente delineadas y pestañas extra-largas, mientras otras no usan ningún tipo de maquillaje…. En fin, mujeres diversas como lo somos todas. Del mismo modo que se ven en Berlín hípsters, gente moderna, punks, hippies, gente alternativa, gente con traje de oficina, gente con ropa de lo más ordinaria.

Pero también Berlín es una ciudad cool, llena de mucha gente loca y linda, donde la presión de la imagen existe… como en todos lados. Y yo, que de alguna manera siempre quise expresar cierta no-conformidad en mi forma de vestir, que nunca me gustó comprar ropa, que además pretendo practicar el no-consumismo y que durante bastante tiempo anduve sin demasiado dinero, muchas veces caí/caigo en la trampa de la imagen: el odio a mí misma, el odio a mi cuerpo, a mi apariencia, a no estar vestida de forma especial, a no tener onda, a no ser atractiva, a, a, a… Y entonces sí pensé muchas en la conveniencia del Niqab: estar en la calle y ser en cierto modo invisible a los ojos de las personas, pasar desapercibida. Que nadie pueda juzgarme por mi imagen, mi apariencia, por cómo me visto, cómo es mi cuerpo, o mi corte, color y tipo de cabello. Es como cuando iba a la escuela y me encantaba el guardapolvo, o el uniforme. Todos los días lo mismo, no tener que pensar en qué ponerme, en qué me queda bien o mal. Si la ropa no puede ser tu marca de distinción, ni lo que llame la atención de tu persona, lo importante de vos pasa a ser más lo que hacés y decís. No la imagen, los hechos.

El deseo de pasar desapercibida es fuerte, además, por el acoso callejero que sufrí y odié durante toda mi vida en Buenos Aires; en menor medida, pero igualmente presente durante mis 3 años en Madrid, y que acá en Berlín, afortunadamente, sólo lo viví en 3 ocasiones en 2 años (wow). De hecho, una de las cosas que me gustan de Berlín es que el nivel de acoso callejero, al menos comparado con Buenos Aires o con Madrid, es casi inexistente. Me gusta que caminando por Berlín la gente (los hombres Y las mujeres) se miran a la cara, los hombres no son intimidantes: no te insultan, no te “piropean”, no te devoran con la mirada, no te silban, no te chistan, no te llaman como a un perro ni se piensan que las mujeres existen sólo para ser observadas y juzgadas por ellos.

Pero volviendo al Niqab…. Una amiga española conversa al islám que vivió varios años en Egipto me contaba que ella había decido, después de varios años de casada, empezar a usar Niqab en espacios públicos. Su marido jamás se lo había pedido, ni tampoco estaba especialmente entusiasmado al respecto, pero era su decisión y la respetaba. Ella nos hablaba de la alta carga erótica de usar Niqab: estar en el espacio público como con este uniforme y llegar a casa y que sólo tu marido vea tu hermosa melena, o conozca tu estilo personal a la hora de vestirte. Un paso más hacia el erotismo: ya no se trata de que sea el único que te vea desnuda, sino que es el único que te ve vestida. La vestimenta, que puede ser la tortura del “no tengo nada para ponerme” pasa a ser una herramienta más de seducción; como cuando te ponés esa lencería sexy que te hace sentir especial y que nadie más que vos y la persona con la que compartís tu intimidad ven. ¿Es una forma de verlo algo frívola?

En todo caso, hay tantas personas en el mundo que son musulmanas (1.200 millones) y de una forma tan diversa, que seguramente habrá múltiples y diversos motivos por los que una mujer decide salir al espacio público cubierta de pies a cabeza, a excepción de sus ojos. Desde luego que existen determinadas sociedades donde realmente no tienen elección… Pero asumir que todas las mujeres musulmanas que usan Niqab son obligadas a ello (por un hombre) es una presunción absolutamente paternalista, condescendiente, colonialista (y, por extensión, ignorante y etnocéntrica).

La única asunción que deberíamos hacer es la del derecho humano fundamental, inherente, inalienable e intransferible que tiene todo ser humano, sin distinción de su sexo, religión, etnia, origen, etc, a la libertad de pensamiento, conciencia y religión “así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia” (Art. 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos).

¿Cómo puede un Estado, en nombre de la igualdad y la libertad, prohibir a las personas manifestar su religión o creencia en el espacio público? ¿Cómo puede un Estado, en nombre de su xenofobia y prejuicios, limitar así la vida de las mujeres? Porque las mujeres que elijen usar Niqab, que consideran que es una parte esencial de su identidad, no tienen otra opción que quedarse ahora recluidas en casa.

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