El enano azul

Una vez a mi padre lo atropelló una moto y estuvo varios días ingresado en el hospital. No recuerdo si fue tan grave como para estar en peligro de muerte, probablemente no, pero sí recuerdo que tenía heridas y moretones en la cara, un corte profundo en la oreja izquierda, y que tuvo que andar con muletas un tiempo.

Lo había atropellado Leo, en sus treintas, cuerpo grande y pelo largo, quien tuvo la decencia de llevarlo a urgencias y cubrir los gastos médicos. Por cierto, el mayor drama del accidente no sería la salud mi padre, que se recuperaría, sino el hecho de que era el único sostén (económico) del hogar y, como tanta otra gente en Argentina, trabajaba en negro: sin contrato de trabajo, sin aportes a la seguridad social, no tenía derecho a baja médica y si por algún motivo algún día no iba a trabajar, ese día no lo cobraba. Leo estaba mortificado, visitaba a mi padre en el hospital e intentaba dar una mano en todo lo que sea posible. Sobre el accidente en sí, sólamente dijo: “y… es que íbamos los dos mirando una mina ¿viste?”. Supongo que a cualquier mujer le resultará difícil entender (a) cómo se puede ser tan primitivo como para conducir una moto y/o cruzar una calle sin otra preocupación que la de mirar un culo, y (b) por qué a Leo le pareció una buena idea comentar esto con la esposa y las hijas adolescentes de la persona que atropellara.

Hoy lo veo como un claro mensaje del Universo, que en mi mente tiene muchísimo sentido del humor y es súper feminista: no podés ir así por la vida! Las mujeres no son objetos andantes que se cruzan en tu camino para ser consumidos con tu mirada. Un recordatorio amable, aunque irónico, de que el machismo mata.

Me acordaba de esto que pasó en Buenos Aires hace más de 15 años mientras atravesaba la Sonnenallee en el M41 e intentaba organizar mi rabia porque mi chico miraba un culo que se había puesto frente a él. Primero me enojé con el culo y le proferí todo tipo de insultos que sólo en mi mente me permito reproducir. Además, me dije a mí misma, “si se viste así es para provocar”. E incluso llegué a sentir cierta simpatía hacia mi chico que, al menos, intentaba mirar disimuladamente (o con tanto disimulo como él es capaz, en todo caso).

Los Pitufos del mal

Aprendí a reconocer que lo que me asalta cuando tengo miedo (de que a mi chico le guste otra) o cuando estoy enojada (léase: celosa-rabiosa-ymejornimehablés) es ese enano fascista que la escritora, periodista y activista italiana Oriana Fallaci denunció que vive dentro de cada argentino.

ORIANA FALLACI E' MORTA A FIRENZEEn 1983, cuando Fallaci dijo esto, estaba hablando de la dictadura, del fascismo más literal e histórico, del autoritarismo… Una creería que 31 años después, tras tres décadas de ininterrumpida vida democrática, y en otro contexto, el enano fascista ya no está. Creería que al alimentarse con valores, lecturas, viajando y conociendo otras realidades, aprendiendo del mundo y de las personas, el enano fascista sería desterrado. Pero no; lamentablemente no. Aunque tal vez no aplique seguir llamándolo “fascista”, el enano no sólo sigue ahí, sino que con el tiempo se le fueron sumando el enano racista, el enano clasista, el enano misógino, el enano homofóbico, el enano machista… Largos y tristes etcéteras.

Estos enanos terribles, verdadera comunidad de Pitufos del mal que habitan típica aunque no exclusivamente en las gentes de Argentina, se crean a partir de toda la mierda racista, clasista, machista, sexista, homofóbica, conservadora y retrógrada que nos meten tan dentro, y con tanta consistente insistencia, que se queda ahí acumulada, imperceptible e imparable.

Los enanos malditos, siguiendo la analogía cromática pitufesca, son como el pájaro azul de Charles Bukowski.

hay un enano azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy dura con él,
le digo quédate ahí dentro, no voy
a permitir que nadie
te vea.

Pero cuando reconozco la voz del enano machista y misógino, no lo ahogo con whisky y humo de cigarros como él, sino que lo desarmo con mi perspectiva y corazón feministas: sin culpabilizar, objetificar, juzgar, ni competir con las mujeres.

La cosa cambia. 

Primero, no es un culo; es una mujer. Segundo, ella es la dueña de su cuerpo y puede vestirse como quiera, sin que eso signifique provocar a nadie. Su existencia, su forma de vestir y andar por la vida, no gira en torno a la mirada masculina.

[Me vuelvo a sorprender de cuánta mierda introyectamos].

Me doy cuenta de que el dolor que está siendo tapado por el enojo es la desilusión al corroborar, una vez más, que mi chico es machista -machista standard, machista por default, como lo son todas las personas nacidas y criadas en sociedades sexistas y que no hacen un esfuerzo consciente por cambiar la perspectiva-. Es el dolor de saber que mi chico tiene una mirada sexualmente objetificante de las mujeres y que ni por respeto a ella, ni en última instancia a mí, se abstiene del beneficio de mirar un buen culo.

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