Mi nombre en vano

Aparentemente, soy la única persona que trabaja desde casa en mi edificio, por lo que rápidamente me vi introducida a una costumbre muy alemana: recoger paquetes de mis vecinas y vecinos. Packete für den NachbarnInnen annehmen.

Encargado vs. Briefträger

En Buenos Aires, todos los edificios tienen un ‘encargado’ o ‘portero’, y parte de su trabajo es repartir la correspondencia. Hay un único buzón en el edificio, al que todas las cartas llegan indiscriminadamente. El encargado luego se encarga de separarlas según vivienda y las reparte, deslizándolas debajo del umbral de la puerta. Por eso es fundamental, si enviás una carta a Buenos Aires, que esté bien claro el número de piso y letra de la puerta: por ejemplo, 4º D. Si no, a no ser que tu encargado te conozca bien, tu carta no va a llegarte. Todavía recuerdo llegar a casa y, al abrir la puerta, encontrarme con mi montoncito de cartas en el suelo que el encargado deslizó bajo la puerta. Casi siempre son recibos de servicios (luz, gas, impuestos,…) y el resumen de la tarjeta de crédito. Si por casualidad recibís una postal, están asumidas las altas probabilidades de que esas líneas las haya leído, también, el portero.

Cuando estaba living la vida loca, era (más) joven, soltera y despreocupada, una mañana me encontré en el suelo un mensaje de puño y letra de mi portero, en un papel verde deslizado por debajo de mi puerta:

Chicos: hay quejas de ruidos nocturnos.

Por favor, paren la moto!!!

Sentí bastante vergüenza, pero rápidamente me refugié en el feminismo -que si para algo sirve es para hacer libres a las personas, permitiéndoles ser felices-: mis vecinos, vecinas y encargado eran unos sexistaspuristas que no soportaban la idea de que una mujer joven disfrutara sin tapujos (y ruidosamente) de su sexualidad.

En Berlín, en cambio, no tenemos porteros o encargados. Cada vivienda del edificio tiene su buzón de correos propio, la Briefkasten (literalmente: la cartacesto), que se identifica con los mismos apellidos de quienes viven en la casa. Que tu nombre esté en la Briefkasten se considerada prueba suficiente de tu domicilio en Alemania, donde existe una obligación de registrar tu domicilio dentro de las primeras 2 semanas de tu llegada (el famoso Meldegspflicht que hace que todo el mundo, aunque no sepa ni una palabra de alemán, sepa al menos que tiene que tarde o temprano hacer el Anmeldung).

DeutschepostEl Briefträger o la Briefträgerin, que normalmente andan en bicicletas de la Deutsche Post (igual que la del Playmobil), andan con llaveros gigantes como los que tienen los encargados porteños: tienen una copia de la llave de cada portal de cada edificio de su ruta. Abren la puerta y reparten las cartas directamente en tu Briefkasten. El beneficio es que tenés mucha más intimidad, pero ya no sentís la ilusión de ver un sobre mágicamente deslizarse por debajo de tu puerta.

Packete für den NachbarnInnen annehmen.

Los paquetes los trae normalmente alguien de DHL. El mensajero toca el timbre, me pregunta si puedo recoger el paquete para mi vecina o vecino y digo que sí porque es un gesto lindo: en vez de tener que ir luego al correo a buscar el paquete, la persona busca mi timbre, toca, y acá lo tiene. Como dicen por acá, “es ist ein üblicher Gefälligkeitsdienst unter NachbarnInnen”, es un servicio de cortesía entre vecinas y vecinos.

El mensajero tiene que poner en su pad que dejó el paquete conmigo, por lo que se fija en mi timbre (donde también están nuestros nombres), escribe el nombre con quien deja el paquete y me hace firmar. Luego escribe una nota para la vecina o el vecino en cuestión, avisando que dejaron el paquete conmigo.

Kohon/Mantero

No me molesta que me dejen los paquetes, ni siquiera en Weihnachtszeiten o tiempos navideños, donde recibo una media de 5 paquetes diferentes por semana. Pero sí me molesta, y mucho, que todos los mensajeros, sistemáticamente, asumen que yo soy Mantero. Probablemente porque “Kohon” suena más alemán de lo que parezco (entonces el mensajero pensará que Kohon es otra persona, alemana, y que yo, con pinta más latina, seré Mantero); o tal vez porque como suele ser común, como soy mujer, mi nombre viene siempre después.

De hecho, cuando firmamos el contrato de alquiler con la Hausverwaltung, la administradora del edificio, nos avisaron que debían cambiar los nombres en tres partes (el timbre del portal, el buzón de correos y el timbre de la puerta de casa) por lo que nos cobrarían 35€. Yo avisé que quería que las etiquetas digan “Kohon/ Mantero”, en ese orden, pero el hombre que vino a hacer el trabajo primero trajo las etiquetas en el orden que considerarían más normales: “Mantero / Kohon”. Gracias que al principio las etiquetas decían “Pereira da Silva Mantero / Kohon”; tan largo, que no se leía nada. Así que aproveché para pedirle que cambiara las etiquetas y las pusiera en el orden correcto, ignorando su fastidio por lo ridículamente largos que son los apellidos de los extranjeros y contenta de lograr desafiar una costumbre machista normalizada.

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