Una antropología contra el amor. Entrevista con Mari Luz Esteban

Mari Luz Esteban es una antropóloga feminista dedicada al estudio de la antropología del cuerpo y las emociones, profesora de antropología y coordinadora del Doctorado en Estudios Feministas y de Género en la Universidad del País Vasco (UPV/EHU).  El pasado 26 de agosto presentó su libro “Crítica del pensamiento amoroso” (Barcelona: Edicions Bellaterra, 2011) en un evento organizado por COVEN BERLIN en el Kleiner Salon. [Ver la nota publicada, en inglés: http://www.covenberlin.com/interview-with-mari-luz-esteban/]

En tu libro hablas de tu deseo de contribuir a una antropología contra el amor. Imagino que es una afirmación que genera mucha polémica; como tú explicas, vivimos en una sociedad en la que el ideal del amor está en el centro, y en la que el amor parece ser lo más fundamental y más importante.

Efectivamente. Cuando digo que estoy trabajando sobre el amor, si bien hay reacciones de todo tipo, muchas mujeres dicen: “¿el amor también vamos a criticar? No nos vamos a quedar con nada!”. Pero me refiero a ir en  contra de una lectura del amor que es absolutamente cultural y occidental, que hace del amor la base natural de esta organización social, familiar, de parentesco, que no sólo no es la única posible sino que no es ni mucho menos la más justa. Me gusta la idea de la antropóloga argentina Clara Coria, de que el amor no es sinónimo de bondad, ni amar o ser amada/o es algo bueno en sí mismo.

¿Cómo caracterizarías esa lectura del amor?

Para ello me baso en una distinción importante entre el «amor romántico» y el «pensamiento amoroso». El amor romántico tendría diferentes acepciones. Una de ellas es la idea de una atracción pasional entre dos o más personas, que es una experiencia universal. Otra acepción es el amor romántico tal y como se ha construido en la sociedad anglo-europea  a partir de otros modelos. Una forma de amor que constituye la heterosexualidad y es constituido por ella, donde el deseo está en el centro, y que está en la base de la subordinación de las mujeres.

En su primer sentido, de amor como atracción, el antropólogo William Jankowiak reconoce cuatro elementos: la idealización y erotización de la otra persona, así como el deseo de intimidad y de durabilidad. Pero creo que podríamos afirmar que estas características se presentan en todo tipo de relaciones amorosas en las que participamos, no solamente en la de la pareja. Y aquí mucha gente me dice: “bueno, ¿pero qué pasa con mi abuela? Yo la quiero mucho, pero no siento nada de erotismo!”. Yo considero que, de una u otra forma, esos cuatro elementos aparecen en cualquier forma de amor, aunque se regulan de diferente forma según los contextos. El problema es que, mediante un mecanismo cultural muy perverso, tendemos a quitar toda la erotización del resto de nuestras relaciones amorosas y centrarlas en una única relación: la sexual-afectiva o de pareja. Además, jerarquizamos nuestras relaciones, poniendo a la relación de pareja en la cúspide y al resto debajo.

Efectivamente, esta fue una de las primeras preguntas del debate posterior a tu presentación: “¿qué pasa con mi abuela?” Roza un poco con el tabú cultural del incesto además del de la gerontofilia, que en nuestra sociedad obsesionada por una imagen de juventud es una idea casi impensable.

Creo que la clave está en pensar, por un lado, qué definimos por «erotismo». En nuestra sociedad la idea del deseo está muy vinculada a lo sexual,  pero hay otra línea de pensamiento que lo vincula a una forma de expansión hacia los otros,  a una agencia. Me gusta Audre Lorde, por ejemplo, que plantea el erotismo casi como una engería que te impulsa hacia el otro, la otra. Por eso mismo utilizo el concepto del «pensamiento amoroso», como sistema de pensamiento político. No quiero hablar solo de relaciones sexoafectivas entre personas sino de una forma de pensamiento, acción y emoción mucho más general.

¿Qué es lo que caracterizaría al pensamiento amoroso?

Se trata de una ideología o sistema de pensamiento que tiene que ver con cómo nos pensamos, cómo entendemos qué es la vida, qué son las relaciones, cómo configuramos nuestra corporalidad. Es un conjunto de símbolos, representaciones, leyes, instituciones, donde el amor está puesto en el centro. El amor sería, entonces, lo que le daría sentido a nuestra existencia como seres humanos, lo que nos diferenciaría de los animales. Organiza la división sexual del trabajo, las relaciones humanas, las instituciones, los roles sociales, la familia,…

Y mencionas que el amor afecta de forma diferenciada a mujeres y a varones. Hablas incluso del romanticismo como del patriarcado light ¿por qué?

Considero que el romanticismo está en la base de subordinación de esas personas que han sido construidas socialmente como mujeres, en la medida en que sirve para poner a mujeres y hombres en posiciones diferentes de poder. Si a mí me preguntan socialmente qué es una mujer, me animaría a decir “una mujer es alguien a quien en su socialización le han puesto el amor en el centro”. Las mujeres tenemos que entregarnos, vivir volcadas en el amor. Debemos dar sin medir lo que recibimos, con lo que se rompe una de las ideas fundamentales de una relación justa: la reciprocidad.

¿Cómo te imaginas un amor «justo»?

Yo veo que hay tres condiciones para un amor igualitario: en el amor tiene que haber, además de la mencionada reciprocidad, reconocimiento mutuo y redistribución (de poder, de estatus, de recursos simbólicos y económicos, etc.). Pero podemos pensar en estos tres valores sin ligarlos necesariamente al amor. Yo puedo pensar en una sociedad sana; una sociedad que reconozca sin que necesariamente te quiera, en la que puede haber reciprocidad sin vínculos amorosos, que puede haber redistribución sin amor. Me parece interesante verlo en los dos sentidos. Yo que soy profesora,  ¿soy mejor profesora porque quiera a mis alumnas y alumnos? Yo creo que no, pero en las cosas que hacemos las mujeres se nos pide que invistamos amor. Lo que hace un hombre, en cambio, no. A un hombre cirujano nadie le pide que opere con amor; es más, normalmente no operarían a un familiar.

Las demandas del pensamiento amoroso y el patriarcado light.

Las demandas del pensamiento amoroso y el patriarcado light.

¿Cómo se puede amar sin reproducir este patriarcado light?

Deconstruyéndolo, descentrándolo. En el libro lo formulo como “negar el amor para no devenir mujeres”. Si la lectura que estamos haciendo es que el amor impulsa a las mujeres a renunciar a sí mismas, a negarse, a sacrificarse… para deconstruir el sujeto mujer, tenemos que deconstruir, negar, descentrar el amor. Para decirlo de otra manera, el feminismo ha conseguido, por ejemplo, deconstruir  el mito de la Mujer-Madre o el ideal y mandato de que ser mujer es igual a ser madre y que todo el valor de una mujer está en su valor reproductivo. Pero aún no está disociada, en nuestra sociedad, la idea de ser mujer y ser cuidadora, y ser mujer y ser un sujeto amoroso. No lo tenemos resuelto como feministas, en conjunto al menos. Creo que una de las líneas para resolverlo es descentrando el amor.

Finalizaste tu presentación con un fragmento hermoso de la escritora Zadie Smith que termina diciendo “[…] las tarjetas de felicitación nos dicen rutinariamente que todo el mundo merece amor. No, todo el mundo merece agua limpia. Pero no todo el mundo merece amor continuamente”. 

El romanticismo y el pensamiento amoroso quieren hacernos creer que es más importante ser amada que tener una sociedad igualitaria. La cita de la autora me parece una crítica certera a este ideal de que el amor es mejor que la justicia, la equidad, la solidaridad. Aquí radica también, desde mi punto de vista, la centralidad política que tiene la crítica del pensamiento amoroso.

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